
Diario de Campaña (4)
Ha aquí mi lista de los diez tópicos más habituales a tener en cuenta en unas elecciones:
1) Todos los políticos son iguales
2) El voto no sirve para nada
3) El gasto electoral es un despilfarro
4) Las encuestas son invenciones inútiles
5) La política es una actividad corrupta
6) Los políticos ganan demasiado
7) Debería gobernar el candidato más votado
8) Los candidatos se dedican a insultarse en vez de explicar sus propuestas
9) La campaña electoral no modifica la intención de voto
10) La política no interesa a nadie
Veamos por qué.
(la imagen es de Orca Ruga Bin)
Todos los políticos son iguales. Es una simplificación completamente alejada de la realidad y una afirmación que sólo se sostiene desde el interés o la desinformación. No sólo no son iguales un político del PP y uno del BNG sino que tampoco son iguales, ni mucho menos, dos políticos del PSOE. La política en Galicia y en España está llena de ejemplos que evidencian la falsedad de esta afirmación.
El voto no sirve para nada. Bastaría con una reducción al absurdo para demostrar esta impostura: si todo el mundo la suscribiera, nadie votaría y sería el fin de la democracia participativa. Esta afirmación se apoya en una circunstancia aritmética que alimenta la sensación de la inutilidad del sufragio: la dimensión del universo de votantes. Sobre un censo de tres personas, un voto parece algo decisivo; sobre uno de 3 millones, aparenta no servir para nada. La idea es simple y se basa en despreciar la importancia de la acumulación. El individuo frente al cuerpo social. Y es mentira. No habría cuerpo social, no habría mayorías ni minorías sin la acumulación de los individuos. Hace cuatro años Francisco Vázquez logró la alcaldía por menos de 200 votos. Sé de algunas personas que no fueron a votar y se tiraron de los pelos cuando descubrieron que con su voto habrían conseguido echar a Vázquez de María Pita, tal y como deseaban. Todos los votos cuentan, es una obviedad matemática. Aunque haya quien no se la crea en la realidad democrática. Incluidos los que se quedan en casa o los que depositan el sufragio en blanco: creen que se mantienen al margen pero en realidad con su decisión están delegando lo que va a suceder en quienes sí votan a una candidatura concreta. Quienes creen que de esa forma se mantiene al margen del sistema se engañan. La realidad no desaparece porque ellos cierren los ojos, sigue desarrollándose ante ellos, aunque sea con su pasividad cómplice.
El gasto electoral es un despilfarro. Los partidos gastan millones en las campañas electorales, pero contrariamente a lo que trata de sostener esta afirmación, ese dinero no se volatiliza. Imprentas, empresas de alquiler de equipos de sonido, organización de eventos, vehículos y locales, fabricantes de papel, vendedores de merchandising y toda clase de empresas, grandes y pequeñas, así como sus empleados, se benefician del dinero que pone en circulación una campaña. En términos puramente económicos las campañas no derrochan más que las fiestas patronales de cualquier localidad. Y nadie se queja de ellas. Eso sin contar con el hecho de que, efectivamente, la democracia es el sistema político más caro. Pero el hecho de que los totalitarismos sean baratos no los hace mejores. Al contrario; a la larga acaban resultado mucho más caros, sobe todo en términos de derechos humanos,
Las encuestas son inventos inútiles. Las encuestas ni son inútiles ni son inventos. Al menos cuando se hacen bien y no se diseñan exclusivamente para influir en la opinión pública señalando tendencias inexistentes. La demoscopia es una ciencia por más que su realización la haya desprestigiado y es un instrumento extraordinariamente útil para predecir escenarios a partir del examen de conjuntos sociales muy extensos. Tan útiles son que las usamos a diario fuera de la política para apoyar argumentos y toda clase de criterios sociales, culturales y económicos. Y los propios políticos no pagarían grandes cantidades de dinero por encuestas que no hacen públicas y que les permiten establecer prioridades y fijar estrategias. La credibilidad de las encuestas que se difunden, como en el caso de las noticias, depende de los medios que les sirven de soporte. Y así deben ser juzgadas.
La política es una actividad corrupta. Hay políticos corruptos pero probablemente no son la mayoría. Así que es posible concluir que la mayoría de los políticos no son corruptos. Al menos en un proporción diferente al resto de los colectivos sociales, porque no cabe afirmar fundamentadamente que la política soporte un grado de corrupción mayor que la actividad económica, el deporte o e periodismo. Lo más habitual es que la corrupción, cuando anida en una sociedad, contamine por igual a todos sus estamentos. Asegurar que los políticos son más corruptos que los médicos, los abogados o los policías es un ejercicio de hipocresía que toma como muñeco de feria al grupo social más expuesto a la crítica pública. Pero nunca se ha sostenido con pruebas.
Los políticos ganan demasiado. El sueldo de los políticos es con frecuencia motivo de discusión, ni siempre basándose en criterios objetivos. El salario de alguien siempre es una magnitud relativa. 1.500 euros netos al mes, por ejemplo, puede parecer escaso para alguien que, por ejemplo, ha tenido que dedicar años de formación y de trabajo para alcanzar esa nómina, pero parece descomunal a los ojos de un pensionistas que no alcanza los 600 euros al mes. Por el contrario, puede parecer que tenga mucho sentido que algunos artistas cobren, por ejemplo, 6.000 euros netos por media hora de actuación, o que el consejero delegado de un banco ingrese 24.000 cada mes, planes de pensiones aparte. El salario está, con frecuencia, vinculado a la situación de mercado, depende de la proporción entre la oferta y la demanda así como de la formación, la experiencia y, a veces, el prestigio. Si la sociedad, a partir de esos valores, decide pagar buenos sueldos a los responsables de empresas, ¿por qué ha de parecernos más remunerar del mismo modo el gobierno de lo público, una empresa mucho más importante para la colectividad que las de propiedad privada? Pretender que a nuestros políticos se les paguen sueldos ridículos, o incluso que no se les pague, es pura demagogia inconsistente.
Debería gobernar el candidato más votado. Es una de las mentiras habituales entre los partidos y los candidatos que a menudo obtienen el apoyo mayoritario de los ciudadanos pero que al mismo tiempo son incapaces de llegar a acuerdos con otras formaciones políticas. Sólo gobierna el candidato más votado en los sistemas políticos mayoritarios, donde el que más votos obtiene se lo lleva todo, sea el 50% o el 10%. Pero en España el sistema político, pactado por todos los partidos, es el proporcional, y en él la representación se reparte en función del porcentaje de votos: si logras el 50%, te quedas con el 50%, pero el que logra el 10%, recibe también el 10% (los porcentajes, en la práctica, no son exactos, porque, por ejemplo en España, se aplica la corrección matemática conocida como Ley d’Hondt, que siempre prima a los más votados y perjudica a los de menos apoyo). Por eso quien reclama que gobierne el más votado pretende algo ilegal; primero que proponga modificar la ley electoral o guarde silencio. El sistema proporcional permite y facilita construir mayorías y la mayoría siempre está más legitimada que la minoría, por más que resulte de la agrupación de dos o más voluntades.
Los candidatos se dedican a insultarse en vez de a explicar sus propuestas. El tiempo que los candidatos dedican a insultarse es sorprendentemente pequeño en comparación con el que consumen en la explicación de sus propuestas. Los culpables de esta mentira son los medios de comunicación, que siempre prefieren los insultos, mucho más llamativos y noticiables, a las propuestas, con frecuencia aburridas y pesadas. Muchos ciudadanos tienen la misma preferencia porque prestar atención a proyectos e iniciativas exige más esfuerzo que pasar simplemente el tiempo observando cómo los políticos se despellejan mutuamente.
La campaña electoral no modifica la intención de voto. Es verdad que la mayoría de los ciudadanos con derecho a voto llegan a la campaña con una decisión tomada. Sin embargo, un porcentaje muy significativo de los votantes duda sobre que hacer hasta el último día. Son pocos los que se debaten entre dos opciones pero sí muchos los que no saben si votar en una dirección quedarse en casa. Por esa razón los partidos concentran sus esfuerzos en movilizar a sus afines más que en convencer a los contrarios. Quien motiva lo suficiente a sus seguidores como para ir a votar suele llevarse el gato al agua.
La política no interesa a nadie. Es una mentira muy habitual, no sólo entre sesudos expertos sino entre los ciudadanos del común. Pero es difícil de sostener con datos. Una actividad como la política, con notables consecuencias sobre la vida práctica de las personas, es probablemente una de las cosas que más interesa a los ciudadanos. Basta con recordar cuánta gente vota en unas elecciones que, en el caso de Galicia, por ejemplo, se acerca habitualmente al 75%. Eso son tres de cada cuatro personas con derecho a voto. Se me ocurren pocas cosas capaces de interesar a más gente, ni siquiera el fútbol. Si nos fijamos en las cifras de audiencia de los debates más recientes en TVG obtendremos una conclusión parecida. Y si nos fijamos en los diarios de información general más vendidos de España, caeremos en la cuenta de que son, al mismo tiempo, los que más espacio dedican a la información política.
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