
Hace algún tiempo que tengo ganas de escribir sobre tres excelentes documentales: The Oil Awakening (2006), The 11th Hour (2007) y Nanking (2007). Los dos primeros abordan, desde perspectivas muy diferentes, casi antagónicas, el colapso al que se enfrenta la humanidad como consecuencia del desabastecimiento energético. El tercero es un emocionante y terrorífico documental sobre la masacre cometida por las tropas japonesas en la capital de China en el invierno de 1937.
The Oil Awakening y The 11th Hour son, en cierto modo, dos caras de la misma moneda. El primero documenta con argumentos más que abrumadores la dependencia del planeta de los combustibles fósiles y el inquietante horizonte de desabastecimiento al que nos enfrentaremos en sólo un puñado de años. El resultado es un ensayo bien construido y cargado de pesimismo. El segundo documental, apadrinado por el actor Leonardo Dicaprio, es más argumentativo que demostrativo y, aunque dibuja una perspectiva mediaombiental casi terminal (que enlaza en muchos aspectos con las tesis defendidas por The Oil Awakening) concluye que todavía estamos a tiempo de evitar el cambio climático e impulsar modelos sociales y económicos sostenibles. Muy recomendables (sobre todo el primero) para quienes quieran comprender qué está pasando en el mercado del crudo y lo que nos espera en los próximos años.
Nanking forma parte de otra categoría. Este documental repasa, utilizando actores para reproducir las palabras de personas fallecidas (además de testimonios reales de supervivientes de lo ocurrido) la masacre cometida por el ejército japonés en la entonces capital de China en el invierno de 1937. Todo apunta a que las atrocidades no se limitaron a Nanking, pero la historia sólo ha podido documentar lo ocurrido en esta ciudad porque allí vivía un grupo de occidentales que empeñó su vida intentando salvar a sus habitantes de los asesinatos y violaciones protagonizados por los soldados de Japón. La masacre de Nanking es el equivalente japonés de Auswitchz, no sólo por la crueldad de los genocidas sino porque aún hoy sirve de alimento a la extrema derecha nipona, que niega lo ocurrido (pese a las múltiples evidencias existentes) y venera cada año a quienes protagonizaron los hechos. Imprescindible.
23/5/08
Tres documentales
Publicado por
Fernando Varela
a las
1:29 p. m.
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Categoría: Derechos Humanos, Documentales, Economía, Medio Ambiente, Multinacionales
1/3/07
El circo del 'Ostedijk'

La accidentada travesía del Ostedijk ha venido a poner de relieve varias cosas. A saber:
1) Los políticos siguen improvisando en materia de comunicación
2) Los periódicos (y muchos periodistas) no tienen sentido de la perspectiva
3) La ausencia de un puerto refugio garantiza la repetición, más pronto o más tarde, de una nueva catástrofe marítima que sumar a la larga lista de despropósitos de la que el Prestige es, por el momento, la máxima expresión (y en la que, por cierto, sería una broma incluir el carguero noruego cargado de fertimón de diseño).
Nuestros políticos siguen sin saber que no basta con hacer las cosas bien, hay que transmitir que se hacen bien. Mover un barco a lo largo de la costa en busca de aguas tranquilas y vientos favorables puede ser, no lo dudo, la decisión correcta desde el punto de vista técnico, pero si no se explica adecuadamente es inevitable que se perciba como consecuencia de la falta de criterio de quienes toman las decisiones. Los que mandan. Aquellos a los que pagamos por asumir responsabilidades.
Tampoco entienden que la mejor manera de perder credibilidad es transmitir mensajes que se mueven en el estrecho e inquietante espacio que media entra lo contradictorio y lo incompatible. Si se sostiene, al mismo tiempo, que un gas es tóxico y no lo es, lo lógico es que la gente acabe por pensar que no se tiene ni idea de lo que se está hablando o, lo que puede que no sea peor pero sí mucho más reprobable, que alguien está tratando de engañar a los ciudadanos. Un único mensaje oficial, sin contradicciones y actualizado en todo momento sigue siendo, desde los tiempos del éxodo de Egipto, la mejor vacuna contra la desinformación.
Claro que, si a los errores cometidos por los políticos sumamos la histeria interesada de los medios (y muchos periodistas), el problema se agrava considerablemente. Periódicos, radios y televisiones desempolvaron la artillería informativa del Prestige, y ni siquiera la constatación de que el Ostedijk era al petrolero griego lo que un mosquito a un elefante impidió que mantuvieran intactos sus planteamientos informativos a la espera, casi se diría que con un mal disimulado deseo, de que el carguero noruego acabase haciendo honor a la dimensión informativa que, honradamente, nunca tuvo. A ser posible con rasgos de tragedia mediomabiental.
Como quiera que los medios no están frecuentemente dispuestos a corregirse, optaron hasta el final por el sostenella-y-no-enmendalla, no fuese a ser que un redimensionamiento de la noticia acabase por ponerles en evidencia ante los ojos de lectores, oyentes o espectadores. Lo cierto es que nadie está dispuesto a someterse al juicio negativo de la audiencia (especialmente en estos tiempos en los que casi ya ni están de moda los defensores del lector). Si la realidad te va a poner en evidencia, lo mejor es modular los hechos para mantener la atención. Como quien pone una lupa para agrandar la mirada amenazante de la hormiga. Al paso que vamos en el proceso de banalización de lo importante y de posterización de lo que no lo es, no es de extrañar que una inmensa mayoría social se sienta cada vez más a gusto con el Diario de Patricia que con las columnas de los periódicos.
No obstante, dudo mucho que nadie saque lecciones útiles de lo ocurrido. Como si fuésemos lemmings, nos gusta seguir siempre hacia adelante, aunque no quede más alternativa que tirarnos al precipicio.
Políticos y periodistas han/hemos acumulado motivos para el sonrojo, pero eso no es la peor ni la más grave de las conclusiones que forman parte del ya de por sí fértil legado del Ostedijk. Lo más preocupante es que, habida cuenta de que ni Galicia, ni España ni Europa van a poner fin al tráfico constante de mercancías peligrosas por el corredor de Fisterra (las previsiones hablan de un incremento de este incesante trasiego) y que ni siquiera el cambio climático alienta la esperanza de una modificación de las corrientes marinas en la época de los grandes temporales, la única cosa que de verdad hubiese evitado la dimensión de la catátrofe del Prestige, la construcción de un puerto refugio, ya ni forma parte de la agenda pública, porque ni políticos ni periodistas están dispuestos a afrontar la riesgos que conlleva la necesidad de conciliar el bien común y los intereses localistas.
Mientras tanto, la cuenta atrás sigue adelante. Si nos atenemos a las estadísticas, es un hecho que el petrolero que provocará la próxima marea negra en Galicia ya navega por el mundo. Tal vez ha pasado ya cerca de nuestra costa. Casi con seguridad tiene tripulación filipina, bandera de conveniencia y un solo casco. El día que vomite su carga, podemos apostar algo, seguiremos sin estar preparados.
Publicado por
Fernando Varela
a las
1:25 a. m.
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