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9/4/08

Hace un mes

Hoy se cumple un mes desde la celebración de las elecciones generales. Atrás quedan el ruido, las interpretaciones apresuradas, los mensajes interesados, los juicios a partir de las expectativas que siempre tienden a la deformación. Cuatro semanas después ha habido tiempo para ganar cierta perspectiva y poner a cada uno en su sitio. Ya no queda neblina y cada vez hay menos sitio donde esconderse. Veamos dónde están los protagonistas gallegos del 9-M.

Partido Popular. La formación mayoritaria en Galicia celebró la jornada electoral como una victoria, pero la realidad no ha tardado en imponerse. Sólo adoptando la estrategia del avestruz es posible no ver que la nave de los conservadores hace agua y se dirige inexorablemente hacia la pérdida del liderazgo político. Alberto Núñez Feijóo lo sabe, estoy seguro, pero atrapado entre la pared de un grupo parlamentario en el que no se reconoce (fue diseñado para estar en el Gobierno y no para hacer oposición) y la espada de la estrategia de una extrema derecha incompatible con el galleguismo de la herencia fraguiana, al líder del PP gallego le quedaban pocas opciones. Todas eran difíciles. Pero la que él ha elegido es la más improbable: esperar a que las contradicciones entre el PSdeG y el BNG y la desaceleración económica provoquen espontáneamente su caída y fuercen el regreso del PP al Gobierno de la Xunta. Mientras espera, ha perdido los ayuntamientos, la Fegamp y una diputación provincial y se enfrenta a una crisis de liderazgo en el PP español a punto de transformarse en una guerra interna de consecuencias impredecibles. Nada de eso va a ayudar a Feijóo en las elecciones.


Partido dos Socialistas de Galicia. Uno de los rasgos más sorprendentes del PSdeG describe al mismo tiempo su principal debilidad: va camino de convertirse en el partido más votado con la estructura partidaria más raquítica de Galicia. Hay dos factores que pueden explicarlo: la rentabilidad del efecto Zapatero, que funcionó en 2004 y volvió a hacerlo hace un mes, y la capacidad de Emilio Pérez Touriño de sacar partido a su protagonismo al frente de la Xunta. Ambos elementos, y probablemente la orfandad de una amplio sector social ideológicamente indefinido y tradicionalmente identificado con las redes clientelares del poder, ha determinado una interesante novedad: el PSdeG lleva 11 años recuperando apoyo social (tocó fondo en 1997, superado por el BNG y abandonado a su suerte por Francisco Vázquez) pero ahora, por primera vez, no crece a costa del nacionalismo, sino del PP. Ese hecho va a dar alas a los partidarios de desdibujar las políticas de izquierdas, convencidos de que es posible incrementar el respaldo político por la derecha. El congreso de los socialistas gallegos, previsto para después del verano, dará pistas al respecto.

BNG. Los peores augurios no se han cumplido. El nacionalismo recupera posiciones por primera vez en siete años y da la razón a los partidarios de convertir a Anxo Quintana y su política de aggiornamento socialdemócrata en la piedra angular del posbeirismo. El Bloque afronta en muy buenas condiciones el año que falta para las elecciones y está en condiciones de explotar al máximo los dos diputados que tiene en el Congreso (en combinación con un PNV en horas bajas van a permitir a los nacionalistas hacerse valor como nunca en la escena estatal). El veredicto de las urnas desalienta además la disidencia interna y garantiza el apoyo de Francisco Rodríguez, el secretario general de la UPG, que sigue estando en el centro del engranaje político del nacionalismo gallego a pesar de haber abandonado el puesto de portavoz en Madrid.

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